30 Sep 2011 Oporto o el sabor sin tiempo
¿‘Saudade’ gastronómica? ¿Por qué no? Menchu Felipe, economista y experta en I+D+i, nos cuenta su experiencia en el Mercado de Bolhao, en Oporto, en el blog Gourmetrotters, que reúne a los amigos viajeros de GASTROECONOMY.
Hay ciudades en las que no pasa el tiempo, aunque el tiempo pase por ellas y luzcan orgullosas sus efectos. Así es Oporto, un lugar donde el tiempo va lento, muy lento. Siempre me ha gustado de Portugal su decadencia orgullosa: ese “por favor, no tocar” de quien reúne la nostalgia del pasado que fue, el lamento continuo por el presente y el rechazo a un futuro del que no se siente parte. “Saudade”, en Oporto esta sensación se multiplica: explorar su casco antiguo de noche por primera vez es adentrarse en un territorio anacrónico de edificios desconchados y ropa tendida, luces tenues, la humedad del Duero y la sospecha de haber retrocedido decenas de años en el tiempo sin que nadie te haya avisado. Un aire señorial que se resigna a sobrevivir en un mundo que ya no es el suyo, que ni siquiera reconoce. Sólo el bullicio de los restaurantes en la Ribeira, tintineantes reflejos en el río, y sus miles de turistas nos recuerda que en Oporto existe vida.
La luz del día nos trae otra visión. Oporto despierta y vive, perezosa y lenta pero real: arquitecturas impactantes, el brillo azul y blanco de sus azulejos, establecimientos intactos casi sacados de un cuento (como la Librería Lelo & Irmão o el café Majestic), magníficas iglesias, los mil colores de la Ribeira con el reflejo del sol, la majestuosidad del Puente de Don Luiz y la estampa de las bodegas alineadas en la orilla opuesta del río. Oporto te va secuestrando, poco a poco, y te dejas llevar: no existen las prisas, no se mira el reloj, sólo se vive el momento, abducido por este misterioso agujero en el continuo espacio-tiempo.
Ell Mercado de Bolhao es decadente, con apariencia de un cierto abandono, endeble, pero con la robustez de lo que lleva casi cien años poniendo todo su empeño en venirse abajo sin éxito
La deriva entre sus calles, sin plan ni destino, te lleva al Mercado de Bolhao, que no puede ser de otra manera: decadente, con apariencia de un cierto abandono, endeble, pero con la robustez de lo que lleva casi cien años poniendo todo su empeño en venirse abajo sin éxito. En sus puestos, carnes, pescados, frutas, legumbres, especias, charcutería, todo o casi todo lo comible y lo bebible del amplio repertorio portugués. También flores y unas curiosas tiendas, nuevamente fuera de sitio y tiempo, de regalos para bodas y bautizos, que resultan un monumento a lo “kitsch”. Y mujeres de edad incalculable, en las que el tiempo ha pasado tan lento como en la propia ciudad, voceando sus mercancías o, simplemente, dejándose llevar por la contagiosa desidia y rindiéndose al sueño en una sombreada esquina.
El olor del mercado es inconfundible, impregnante e irresistible: “sardinhas grelhadas”. Y, si la hora es la adecuada, no se puede hacer otra cosa que salivar como el perro de Pávlov, y esperar en una de las colas existentes para sentarse en los pequeños establecimientos que ocupan una parte del centro del mercado. No te preocupes por el tiempo, recuerda que en Oporto no existe (y, afortunadamente, aquí pasa rápido). Mesas con hules, platos de cristal opacos por los mil lavados y mil usos, mujeres con delantales llamativos que se afanan en cocinar el poco variado menú. Pero, ¿quién quiere más que un excelente plato de sardinas, con sus patatas asadas y su ensalada por sólo 5 euros? El sabor de la sardina fresca, excepcional e inconfundible, tesoro de mercado, pequeño milagro del mar que, como alguien me dijo ese día, nunca valoraremos lo suficiente hasta que no esté en peligro de extinción. Y una copa de “vinho” verde, para que todo el encanto de la sencillez termine por cautivarnos definitivamente.
El olor del mercado es inconfundible, impregnante e irresistible: “sardinhas grelhadas”. Y, si la hora es la adecuada, no se puede hacer otra cosa que salivar como el perro de Pávlov
Oporto es una experiencia sensorial: No es suficiente con verla y con oírla, se palpa, se huele y, por supuesto, se saborea. Y el verdadero sabor de Oporto va más allá de sus mejores restaurantes de pescado. Y más allá del recuerdo denso y dulce de sus vinos, que permanece en nuestro paladar mucho después de cada sorbo. El sabor de Oporto es, también, atemporal como ella misma y sencillo como sus gentes. Es el sabor a “sardinhas grelhadas”.
Dónde. MERCADO DE BOLHAO. Rua Fernandes Tomás (Edificio mercado Bolhao)
Horario de visita: De lunes a viernes de 08:00 a 17:00 horas. Sábado de 08:00 a 13:00 horas.
Transporte: Metro Bolhao, líneas A, B, C, E.







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